«El vino merece respeto: es cultura incluso antes que bebida, es un gesto humano que atraviesa milenios». Por Roberto Cipresso

El enólogo italiano Roberto Cipresso, recientemente reconocido con el título «Doctor Honoris Causa» por la Universidad Nacional de Cuyo, ha difundido una interesante opinión sobre el riesgo de «juzgar al vino como el mal absoluto». Defendiendo fervientemente a la bebida mas antigua del mundo, el profesional explica de manera poética su importancia cultural «el vino está ligado a la tierra de manera radical; cada añada es una confesión del cielo y del suelo».

Roberto Cipresso, reconocido enólogo italiano, cuyos aportes a la vitivinicultura argentina le valieron el título Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuyo, expresa a continuación -con un nivel poético que llega al corazón de cualquier amante del vino- su opinión sobre el daño que se le está haciendo a la bebida milenaria con críticas, la mayoría de las veces infundadas.


El vino, hoy, corre el riesgo de ser juzgado como el mal absoluto. Es un clima que conozco y que me hiere: porque cuando se habla “contra” el vino, a menudo no se está defendiendo realmente la salud, sino que se está simplificando el mundo hasta volverlo blanco o negro. Y el vino, por su propia naturaleza, nunca es blanco o negro: es matiz, tiempo, medida. El vino es cultura incluso antes que bebida. Es un gesto humano que atraviesa milenios, un objeto antropológico capaz de narrar quiénes somos y de dónde venimos.

Dentro de una copa no hay solo un aroma o una graduación alcohólica: hay un paisaje, una lengua, una fatiga, una estación, una memoria colectiva. Está la forma en que una comunidad ha aprendido a vivir con la tierra, a respetarla, a domarla sin destruirla. Está el secreto del tiempo: porque el vino no “nace” y punto; madura, evoluciona, se transforma. Y al transformarse, nos educa a hacer lo mismo. Por eso merece respeto. No es una invitación al exceso, ni una defensa ciega: es una petición de inteligencia.

El vino no pide absoluciones; pide contexto. Exige ser leído como se lee un libro o una música: con atención, con responsabilidad, con la conciencia de que toda obra humana puede convertirse en veneno si se pierde la medida. Y luego hay un punto que pocos tienen el valor de decir: el vino evoca. Sabe emocionar de un modo único porque habla un lenguaje que no es solo químico o sensorial, sino simbólico. Puede abrir una puerta en la memoria, hacer aflorar un rostro, una casa, un verano, una ausencia. Puede transformar una cena en relato, una mesa en un lugar de escucha.

No sucede lo mismo con la cerveza, con el whisky o con un refresco: no por superioridad moral, sino por naturaleza. El vino está ligado a la tierra de manera radical; cada añada es una confesión del cielo y del suelo. Es por esto que, cuando se reduce a un “problema”, se pierde su parte más verdadera: el vino es el espejo del hombre.

Si realmente queremos proteger a las personas, defendamos la medida, la conciencia, la educación. No insultemos un patrimonio que ha enseñado a generaciones enteras el valor del tiempo, de la convivencia, de la lentitud. El vino no es el mal absoluto. El vino es una pregunta antigua: y las preguntas, cuando son profundas, merecen respeto.