La erosión genética de la vid se está convirtiendo en un problema serio a nivel mundial y la preservación de su germoplasma es una tarea urgente. Chile no es una excepción a este escenario, donde diversos factores, encabezados por el reemplazo de variedades tradicionales por cultivares reconocidos, han reducido la diversidad de los viñedos. Con el objetivo de descubrir y cartacterizar variedades menores, investigadores del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) identificaron 89 genotipos de vid que no estaban incluidos en catálogos oficiales, de los cuales 49 presentan características genéticas no descritas anteriormente.
La última versión del catálogo oficial de variedades autorizadas para producir y comercializar vino y el destilado de pisco (D.O.C. o DO) en Chile, es de 2022, y se actualiza periódicamente en base a declaraciones de los productores, luego verificadas visualmente por el organismo fitosanitario.
La versión actual de este catálogo incluye 99 variedades (54 tintas y 45 blancas), aunque algunas corresponden a sinónimos u homónimos. Y demuestra la predominancia de unas pocas variedades en los viñedos chilenos: de las 138.139 ha destinadas a la producción de vino, casi un tercio (28,8%) corresponde a Cabernet Sauvignon y 10 variedades cubren más del 90% de los viñedos. Interesantemente, País (nombre principal de Listán Prieto) aparece en cuarto lugar (8,0% o 10.385 ha) y Moscatel de Alejandría (también conocida localmente como Uva Italia) ocupa el noveno lugar con 3,3% (4.217 ha, dos tercios plantados en el valle del Itata).
Investigadores del INIA se propusieron descubrir y caracterizar variedaders menores. Para ello no solo buscaron criollas no descritas, sino también variedades europeas subrepresentadas provenientes de viñedos antiguos. Estimaron la diversidad genética de este nuevo germoplasma, demostraron la existencia de grupos genéticos diferenciados y propusieron los progenitores más probables para cada genotipo criollo, todos en cierta medida distintos de las criollas previamente descritas en Chile, Argentina y Perú.
Para alcanzar estos objetivos, se consideraron vides provenientes de viñedos antiguos, colecciones públicas y privadas, y jardines urbanos. Esto permitió construir una base de datos de más de 1.700 accesiones, de las cuales se identificaron 309 entradas con genotipos únicos. Esto podría ser representativo del germoplasma de Vitis vinifera L. y de híbridos relacionados presentes en Chile, aunque no constituye un catálogo exhaustivo.
La investigación, liderada por Marco Meneses, María Herminia Castro y Patricio Hinrichsen, identificó 89 genotipos de vid que no estaban incluidos en catálogos oficiales, posicionándose como el cuarto artículo más citado de 2024 por el Australian Journal of Grape and Wine Research, una de las principales revistas científicas en vitivinicultura.
De los genotipos identificados, 49 presentan características genéticas no descritas anteriormente. Diez de estas podrían ser antiguas variedades europeas; las otras 39 presentan patrones alélicos similares a las variedades criollas (por ejemplo, descendientes del cruce de variedades europeas originadas en América). Por lo tanto, con los 89 genotipos se distinguieron tres grupos: variedades criollas, variedades de Europa Central y un tercer grupo enriquecido en variedades ibéricas.

El análisis también permitió rastrear su origen, mostrando vínculos con variedades fundacionales como Listán Prieto y Moscatel de Alejandría, lo que abre una nueva línea para comprender la historia y evolución de la vid en Chile. además de otras en menor proporción como Mollar Cano y Moscatel a petit grains blancs, así como de variedades criollas conocidas como Italiona y Moscatel Rosado.
Para el sector, el hallazgo tiene implicancias concretas, ya que permite rescatar un patrimonio genético poco explorado y abre la posibilidad de nuevas alternativas productivas, en un escenario donde la diversificación y la adaptación al cambio climático son cada vez más relevantes. El desafío ahora será avanzar en la evaluación enológica y agronómica de estas variedades, con el objetivo de definir su potencial en la producción de vinos y su aporte a una industria más diversa y con identidad.
Materiales y métodos
El número de muestras fue de 1.700 plantas, recolectadas en pequeños viñedos del valle central de Chile durante los últimos cinco años, incluyendo la mayoría de los valles vitivinícolas del país (Figura 2). También se utilizaron muestras provenientes de colecciones privadas y jardines urbanos.

Se hizo una extracción de ADN a partir de hojas jóvenes, utilizando el protocolo descrito por Lodhi et al., modificado para pequeñas porciones de tejido. Para los análisis de marcadores microsatélites (también conocidos como repeticiones de secuencia simple o SSR), utilizaron los propuestos por el Vitis International Variety Catalogue (VIVC). Finalmente se hizo un análisis comparativo entre variedades criollas de Sudamérica, se agruparon las nuevas accesiones en Chile y se analizaron los parentescos.
Resultados
En este estudio, se reporta la identificación y caracterización genética de 89 genotipos de vid encontrados en viñedos antiguos distribuidos en los valles vitivinícolas de la zona central de Chile, no descritos previamente en el país (45 europeos y 44 criollos). Entre ellos, 49 corresponden a genotipos nuevos según la base de datos VIVC. Estos 89 genotipos fueron clasificados en tres grupos, siendo el más grande el de variedades criollas, en su mayoría descendientes del cruce entre Listán Prieto y Moscatel de Alejandría, aunque se demuestra aquí que su origen es más complejo de lo que se pensaba (Figuras 3 y 5).
Los otros dos grupos están enriquecidos en variedades europeas provenientes de la Península Ibérica y de Europa Central, respectivamente. Entre ellos, se identificó un grupo de 10 genotipos (cinco en cada grupo; círculos naranjos) cuyos perfiles alélicos no coinciden con variedades criollas y que probablemente corresponden a antiguas variedades europeas. La comparación con una base de datos española de cultivares antiguos no encontró coincidencias; solo uno (NN-171) mostró similitud parcial con Mollar (J. Tello, ICVV-La Rioja; comunicación personal). Curiosamente, este genotipo se asoció con el grupo de Europa Central y no con el ibérico, como podría esperarse. Sin embargo, la similitud no implica pertenencia al mismo grupo. Además, Mollar es considerada una variedad portuguesa, pero uno de sus progenitores es Savagnin, supuestamente originaria de Europa Central.


También se encontraron tres híbridos norteamericanos, algunos de los cuales están ampliamente distribuidos en Chile. Schuyler fue hallado como una única planta en un jardín urbano, mientras que Iona e Isabella fueron encontrados en varios valles. Su origen es desconocido, pero probablemente fueron introducidos en Chile hace más de un siglo, dada su distribución. Su asociación con el grupo de variedades de Europa Central (Figura 4) no es inesperada, considerando que parte de sus ancestros proviene de esa región.

Para comprender la existencia de este considerable número de genotipos de vid no registrados (tanto europeos como criollos), es necesario considerar que el catálogo del SAG, la lista oficial de variedades utilizadas para la producción de vino y destilados en Chile, se basa en las declaraciones de los viticultores (con fines comerciales), seguidas de inspecciones visuales selectivas realizadas por funcionarios del SAG, capacitados en técnicas ampelográficas orientadas principalmente a las variedades más productivas. Para los grandes viñedos y bodegas, que abarcan la mayor parte de la superficie plantada, este enfoque es razonable. Sin embargo, en el caso de los pequeños productores, que suelen manejar variedades antiguas menores, estimamos que existe una importante falta de información que en este trabajo solo se aborda parcialmente.
Cualquier error en la identificación de un genotipo puede mantenerse durante años, a menos que ampelógrafos experimentados lo corrijan, como ocurrió con Carménère, que durante muchos años fue registrada como Merlot hasta su correcta identificación hace unos 30 años. El catálogo del SAG, que actualmente incluye cerca de 100 variedades, presenta varios casos de sinonimias duplicadas, tanto locales como internacionales, que han sido parcialmente corregidas con este y trabajos previos o se espera que lo sean próximamente, complementando el uso de descriptores ampelográficos y marcadores moleculares.
Otro aspecto relevante del catálogo del SAG es que está restringido a las variedades oficialmente autorizadas para la producción de vino. Dado que la inclusión de una nueva variedad requiere una solicitud específica acompañada de una descripción ampelográfica, productiva y enológica completa, los pequeños viticultores difícilmente pueden cumplir con este proceso. En consecuencia, suelen declarar esas vides “atípicas” como si fueran las variedades más comunes de la zona, por su similitud fenotípica. Por ejemplo, en el valle de Itata, una fracción de las plantas declaradas como Moscatel de Alejandría y País probablemente corresponde a otras variedades menores similares, blancas o tintas, respectivamente.
Otra posible razón para su ausencia en el catálogo es que la superficie plantada de estos nuevos genotipos es muy reducida, lo que suele ser la norma en viñedos familiares pequeños. Aun así, el catálogo del SAG ha ido creciendo gradualmente en los últimos años, incorporando variedades con superficies muy pequeñas. De hecho, existen 30 variedades (17 blancas y 13 tintas) con menos de 1,0 ha declarada, casi la mitad de las cuales aún no han sido genotipadas.
Además del reporte de nuevos genotipos no descritos previamente en el país, una segunda fuente de novedad de este trabajo es el caso de algunas variedades que, aunque ya estaban registradas en el catálogo del SAG, ahora han sido descritas como presentes en nuevos valles (Figura 3). Todas ellas corresponden a muy pocas plantas y han sido incorporadas al catálogo en años recientes. Es probable que más casos de este tipo puedan revelarse con estudios adicionales.

Otro hallazgo que requerirá estudios históricos más profundos es la presencia de tres híbridos interespecíficos norteamericanos: Iona, Isabella y Schuyler. Muy probablemente fueron introducidos por inmigrantes antes de la existencia de registros oficiales. se puede inferir que fueron introducciones tempranas, aunque aún falta esclarecer con mayor precisión cómo y por qué estos genotipos fueron importados, probablemente desde Estados Unidos.
Las criollas no se distribuyen uniformemente entre los distintos países de Sudamérica
Del considerable número de genotipos criollos encontrados a lo largo del país (n = 51; Figura 3(b)), 12 ya habían sido descritos previamente como presentes en Chile, cinco constituyen nuevos registros para el país y 39 son completamente nuevos, sin coincidencias con datos SSR registrados en la base VIVC. Se identificaron al menos cinco variedades criollas listadas en VIVC pero no incluidas en el catálogo del SAG (Canelón, Cereza, Criolla Grande Sanjuanina, Uva del Padre e Italiona). Canela ha sido sinonimizada en Chile como Moscatel Negra, pero inconsistencias parciales en su patrón SSR, según análisis previos, requieren confirmación adicional. La mayoría de estas variedades (excepto Canelón) se encuentran ampliamente distribuidas en los valles vitivinícolas chilenos.
Estudios similares se han realizado previamente para la identificación de variedades criollas sudamericanas en Chile y países vecinos. Una pregunta aún sin resolver es por qué existen tantos genotipos criollos en Chile y por qué difieren de las criollas recientemente descritas en Argentina y de las pocas reportadas en Perú y Bolivia.
Una comparación directa entre los conjuntos de criollas argentinas y chilenas se observa en el dendrograma de la Figura S3. Como era de esperarse, existe una coincidencia considerable en las variedades criollas más conocidas y populares presentes en ambos países (por ejemplo, Moscatel de Austria/sinónimo Torrontés Riojano, Moscatel Amarillo/sinónimo Torrontés Sanjuanino, Canela, Cereza, Huasquina/Blanca Ovoide/sinónimo Huevo de Gallo y Moscatel Rosado, entre otras). Sin embargo, la superficie cultivada de cada una, así como su uso (vino, destilados o consumo en fresco), difiere entre países.
La mayor diferencia está representada por las dos variedades fundadoras, Listán Prieto (País en Chile, Criolla Chica en Argentina) y Moscatel de Alejandría. La primera tiene 10.385 ha registradas en Chile frente a 320 ha en Argentina, la segunda tiene 5.217 ha en Chile frente a 1.933 ha en Argentina. En contraste, Cereza en Argentina alcanza cerca de 25.000 ha (13% de las variedades enológicamente aceptables), mientras que en Chile su presencia es muy reducida y restringida al norte.
Otra Criolla importante en Argentina pero muy poco frecuente en Chile (aunque presente en distintos valles) es Criolla Grande Sanjuanina, que supera las 12.500 ha en Argentina (6% de las variedades ACE). Torrontés Mendocino solo está presente en Argentina (520 ha), mientras que Torontel es exclusivo de Chile y se encuentra ampliamente distribuido (720 ha). Además, en Chile muchas variedades criollas se destinan a la producción de destilados como el pisco, algo mucho menos relevante en Argentina.

Cabe destacar que la superficie total de criollas en Argentina, aunque mayor que en Chile, ha disminuido significativamente en la última década, con una pérdida estimada de unas 10.000 hectáreas.
Una posible explicación para la gran cantidad de nuevos genotipos criollos no coincidentes entre ambos países es que estos no presentan el mejor desempeño enológico bajo distintas condiciones locales (rendimiento, tolerancia a patógenos, calidad del mosto u otras características clave). Otra posibilidad es que sean genotipos demasiado recientes, que aún no han sido suficientemente propagados, evaluados y difundidos entre productores y bodegas. El hecho de que la mayoría de los nuevos genotipos identificados en este estudio se encuentren en un solo valle —frecuentemente en un único viñedo o jardín— refuerza la hipótesis de que se trata de plántulas espontáneas de aparición reciente.
Finalmente, los actuales controles cuarentenarios en la frontera entre Chile y Argentina han limitado el intercambio libre de germoplasma, algo que probablemente ocurría durante la época colonial. Estos controles fitosanitarios existen desde hace casi un siglo, con la promulgación del Decreto Ley 177 en 1924, actualizada por la Ley 9006 de 1948 (posteriormente reemplazada en 1981), que exige certificados sanitarios oficiales para la importación y exportación de material vegetal. Por lo tanto, es plausible que el libre desplazamiento e intercambio de germoplasma entre ambos países, que permitió compartir las primeras Criollas seleccionadas, se haya detenido o reducido considerablemente después de 1924.
Falta de nombre en nuevos genotipos hallados
Las vides han sido adoptadas por muchas culturas alrededor del mundo. Esta apropiación probablemente explica el número excepcionalmente alto de sinónimos característico de la especie, que en algunos casos alcanza cientos por genotipo. También se identificaron varios sinónimos y algunos homónimos en Chile, pero la situación más común entre los nuevos genotipos fue la falta de nombre, que podría explicarse por tratarse de genotipos recientemente establecidos, y por lo tanto aún no existe una población de vides clonales que merezca ser nombrada. Una segunda razón para la ausencia de nombres locales podría ser la falta de interés de los viticultores en individualizar las vides,
El hallazgo de viñedos multivarietales, que se encontraron generalmente en propiedades de pequeños productores, puede considerarse uno de los descubrimientos más relevantes de este estudio, una condición verificada en distintos valles. Estos lugares albergan la mayor riqueza genética, incluyendo variedades europeas desconocidas en Chile, así como Criollas aún no descritas.
El hallazgo de este estilo de cultivo de manera bastante extendida a lo largo del país, desde Arica y el valle de Pica en el extremo norte del desierto de Atacama hasta el valle del Itata en las riberas del río Biobío, indica la forma en que se desarrolló la viticultura durante la época colonial en Chile y probablemente en otras regiones. De hecho, el río Biobío fue durante mucho tiempo (aproximadamente tres siglos) el límite sur de la agricultura chilena en la época colonial. Por lo tanto, no resulta sorprendente encontrar una gran diversidad desde este río hacia el norte, donde la producción de vino en Chile se concentró durante décadas e incluso siglos.
Las nuevas variedades halladas en jardines fue un resultado inesperado; encontramos tres genotipos no descritos en distintas ciudades del país: una antigua variedad española (Valenci tinto, en la periferia de Santiago, valle del Maipo), un híbrido norteamericano (Schuyler, Viña del Mar, valle de Casablanca) y un genotipo Criolla no descrito (NN-409, Cocholgüe, valle del Itata). La pequeña colección de variedades encontrada en la pérgola del patio trasero de la Iglesia San Alfonso (Cauquenes, valle del Maule) también puede incluirse en esta categoría.
Esto ilustra el beneficio de enfocar la búsqueda de nuevos genotipos en sitios no convencionales, como algunos barrios de Santiago u otras ciudades, que hoy son zonas residenciales pero que hace un siglo eran propiedades más extensas que incluían viñedos para la producción de vino como práctica habitual.
Descargar publicación completa en inglés en ÉSTE LINK









