Entre ruinas y tradición, reactivan el paisaje productivo de Pompeya con viñedos orgánicos

En las últimas décadas, los sitios arqueológicos han comenzado a ser reinterpretados más allá de su función tradicional como espacios de conservación y exhibición. En este contexto, el caso de Pompeya resulta paradigmático: un territorio históricamente cristalizado por la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d.C., que hoy se reactiva a través de la reintroducción de prácticas agrícolas ancestrales, en particular la viticultura.

Entre las calles petrificadas de Pompeya, donde la vida quedó suspendida tras la erupción del Monte Vesubio en el año 79 d.C., la historia no solo se conserva, sino que vuelve a producir. Allí, entre templos, casas y antiguos caminos romanos, un ambicioso proyecto vitivinícola está devolviendo a la ciudad una de sus prácticas más identitarias.

El Parque Arqueológico de Pompeya, en alianza con la bodega Feudi di San Gregorio, impulsa la recuperación de viñedos históricos en unas seis hectáreas dentro del propio yacimiento. La iniciativa no solo contempla el cultivo de vides orgánicas, sino también la construcción de una bodega in situ, lo que permitirá cerrar el ciclo completo de producción en el mismo lugar donde ya se elaboraba vino hace dos mil años.

Para Gabriel Zuchtriegel -arqueólogo y director del Parque Arqueológico de Pompeya-, el proyecto redefine el sentido del sitio arqueológico: no se trata solo de conservar, sino de activar el territorio. La viticultura permite contar la historia desde la experiencia directa, integrando paisaje, conocimiento y economía.

En esa misma línea, Antonio Capaldo, presidente de la bodega Feudi di San Gregorio, insiste en que la iniciativa tiene un horizonte de largo plazo: más cultural que comercial, orientado a la sostenibilidad y a las generaciones futuras. El vino, en este contexto, funciona como un puente: entre pasado y presente, entre arqueología y producción, entre memoria y uso contemporáneo del territorio.

Evidencias arqueológicas contundentes

Lejos de tratarse de una intervención aislada, la iniciativa se inscribe en una estrategia de largo plazo que combina investigación científica, sostenibilidad y gestión cultural. El proyecto articula el trabajo del Laboratorio de Investigación Aplicada del Parque Arqueológico con universidades como la Luigi Vanvitelli de Campania, La Sapienza de Roma y la Universidad de York, cuyos estudios han permitido reconstruir con precisión las prácticas agrícolas de la ciudad romana.

Las evidencias materiales halladas en Pompeya —ánforas, dolia enterrados, frescos vinculados al culto de Dioniso— permiten afirmar que el vino no constituía un bien suntuario, sino un componente estructural de la dieta y de las prácticas sociales romanas. Su consumo cotidiano, incluso en contextos laborales o militares, así como su circulación a través de redes comerciales que abarcaban buena parte del Mediterráneo, sitúan a la ciudad como un nodo productivo de relevancia en la antigüedad. En este sentido, la reactivación contemporánea de los viñedos no introduce una función ajena, sino que restituye una dimensión constitutiva del paisaje pompeyano.

Estudios arqueobotánicos iniciados en la década de 1990 dentro del propio parque han permitido reconstruir la disposición original de los viñedos, los sistemas de conducción de la vid y las variedades cultivadas. En este sentido, el proyecto —definido como una experiencia de “arqueología del vino”— no solo busca producir, sino también generar conocimiento, posicionándose como un modelo innovador que integra patrimonio, ciencia y producción contemporánea.

A su vez, los análisis isotópicos, de carbono y nitrógeno, aplicados a restos orgánicos han aportado información precisa sobre la dieta de los antiguos habitantes, el uso de los recursos vegetales y las formas de cultivo, generando una base empírica que orienta las decisiones productivas actuales, para reintroducir especies y métodos históricos.

En este cruce entre ciencia y práctica, la participación de especialistas como Attilio Scienza, jefe del Departamento de Viticultura y Enología de la Universidad de Milán, y Pierpaolo Sirch, director de producción en Feudi di San Gregorio, resulta clave para traducir el conocimiento histórico en un producto contemporáneo. La elección de la Aglianico —una cepa de origen griego introducida en la península itálica en la antigüedad— refuerza esta voluntad de continuidad, al tiempo que inscribe el proyecto en las dinámicas actuales del mercado vitivinícola global.

Sin embargo, el interés del caso trasciende la dimensión enológica. Desde una perspectiva teórica, la iniciativa puede leerse a la luz de la arqueología del paisaje, que entiende los territorios como configuraciones históricas resultantes de la interacción entre factores naturales y prácticas humanas. En esta línea, el concepto de “paisaje cultural” promovido por la UNESCO resulta particularmente pertinente, al reconocer que ciertos espacios patrimoniales no pueden ser plenamente comprendidos si se los disocia de sus funciones productivas.

Preservar ruinas pero reactivando procesos

La reintroducción de la viticultura en Pompeya plantea, así, una reconfiguración del estatuto mismo del sitio arqueológico. Ya no se trata únicamente de preservar ruinas, sino de reactivar procesos. Este desplazamiento implica también una reconsideración del vínculo entre patrimonio y economía, en la medida en que la producción de vino —estimada en decenas de miles de botellas anuales— contribuye tanto a la sostenibilidad financiera del parque como a la dinamización del territorio circundante.

No obstante, esta convergencia entre conservación y uso productivo no está exenta de tensiones. La activación económica de un sitio de valor excepcional puede suscitar interrogantes en torno a los límites de la intervención contemporánea, así como a los riesgos de mercantilización del patrimonio. En el caso de Pompeya, sin embargo, el anclaje en la evidencia científica y la continuidad histórica de la práctica vitivinícola parecen operar como mecanismos de legitimación, al situar la producción no como una adición, sino como una reanudación.

En este sentido, el proyecto puede ser interpretado como un experimento en curso, donde se ensayan nuevas formas de relación con el pasado. Frente a la imagen tradicional de Pompeya como ciudad detenida en el tiempo, emerge aquí un modelo alternativo: el de un paisaje que, sin perder su densidad histórica, recupera su capacidad de producir, de ser habitado —aunque sea parcialmente— y de proyectarse hacia el futuro.

Fuentes: Parque Arqueológico de Pompeya, UNESCO, Scienza, A, Universidad de Campania Luigi Vanvitelli, Universidad La Sapienza de Roma, Universidad de York, Euronews y Decanter.