En la provincia de Zamora, comunidad de Castilla y León, España, se alza un tesoro histórico de la vitivinicultura: la ciudad de Fermoselle. Este enclave cuenta con un patrimonio subterráneo que le ha valido el nombre de «La Villa de las 1000 Bodegas». Bajo sus calles y hogares se despliega un laberinto que ha permanecido intacto durante siglos, un entramado de bodegas cavadas en las rocas, que datan del siglo X.
La antigua y pintoresca ciudad de Fermoselle se encuentra en el confín suroccidental de la comarca zamorana de Sayago, cercada por los ríos Duero y Tormes, que la dividen de Portugal y la provincia española de Salamanca, respectivamente. Bajo sus calles y hogares existe un laberinto que ha permanecido dormido e intacto durante siglos, un entramado de bodegas cavadas en las rocas, sostenidas con arcos de medio punto, pilares y piedras labradas, que se van comunicando unas con otras a través de galerías hasta conformar otro pueblo bajo el suelo. Algunas de esas asombrosas cavas datan del siglo X.
Esta localidad zamorana era uno de los lugares preferidos por el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno y fue declarada por el gobierno español como conjunto histórico-artístico en el año 1974. Se encuentra edificada sobre un gran cerro y en sus laderas se disponen las calles principales siguiendo las curvas de nivel y perpendiculares a ellas, las que ascienden con algunas escaleras en piedra. El suelo es la roca, que a menudo se transforma en pared para toda una hilera de casas, ocupando las bodegas el desnivel entre la calle principal y otra paralela y más alta.


Su economía ha estado influenciada desde tiempos inmemoriales por las características de su suelo -de sustratos pizarrosos y buena capacidad para retener humedad- y por la existencia del microclima favorable de «Los Arribes». La combinación de ambos factores fue aprovechada para sacar de la tierra productos muy apreciados por su extraordinaria calidad. Entre ellos destaca el conocido vino de Fermoselle, integrado en la Denominación de Origen Arribes del Duero.
El vino y sus laberintos
El vino ha sido desde hace siglos uno de los grandes motores de Fermoselle. Ya en los siglos XVI y XVII se comerciaba con él, y en el XIX tanto el vino como el aguardiente cruzaban fronteras rumbo a Francia y Portugal, llegando incluso a estar ligados a la elaboración de los vinos de Oporto. Pero en 1888 la llegada de la filoxera golpeó duramente al viñedo local y provocó la emigración de muchos vecinos, especialmente hacia Cuba. Aun así, Fermoselle logró rehacerse y en 1913 se convirtió en la única zona de la provincia de Zamora que había restaurado por completo su viñedo gracias al uso de patrones americanos.
El paisaje actual es el resultado de un esfuerzo titánico. Trabajar la vid en las escarpadas laderas de los Arribes exigía tanto sacrificio que la superficie se medía en “obreros de cava”: lo que una persona podía cavar en un solo día, unas cien cepas. Para hacer cultivables las pendientes, se construyeron bancales sostenidos por muros de piedra seca, una de las señas de identidad más reconocibles del entorno. Hoy, el viñedo tradicional se conserva sobre todo en las zonas más accesibles de la penillanura.


Actualmente, en estas tierras se cultivan variedades autóctonas como la Juan García o la Bruñal, adaptadas a las condiciones singulares de los Arribes del Duero. Los viñedos, plantados en bancales y terrazas, aprovechan el microclima del cañón del río, que aporta temperaturas suaves y una insolación prolongada.
La elaboración sigue métodos transmitidos de generación en generación, combinando prácticas tradicionales con técnicas modernas. Muchas bodegas familiares aún conservan tinajas de barro y prensas antiguas, aunque han incorporado sistemas que garantizan la calidad y estabilidad del vino. Este equilibrio entre herencia y modernidad otorga a los vinos de la zona un carácter muy particular.
El resultado son vinos frescos, con personalidad marcada y un toque mineral que refleja el suelo granítico de los Arribes. Tanto tintos como blancos y rosados han logrado reconocimiento más allá de la región, situando a Fermoselle como un referente enoturístico. Degustarlos en el propio pueblo, acompañado de la gastronomía local, permite comprender de manera directa la relación entre vino, tierra y cultura.
La cultura del vino dejó también su huella bajo tierra. Las bodegas excavadas en el granito, situadas bajo las casas del casco urbano, forman parte inseparable de este paisaje y están estrechamente ligadas a los viñedos en ladera, convirtiéndose en uno de sus principales valores patrimoniales.
La «Villa de las mil bodegas»
Lo que marca la originalidad de este lugar y su vitivinicultura, es la forma de conservar el vino de las inclemencias del tiempo que han tenido sus sucesivas poblaciones, creando para ello estructuras arquitectónicas subterráneas con pequeños habitáculos excavados en la roca, sostenidos con arcos de medio punto, pilares y sillería, un recorrido de bodegas que en la actualidad es un tesoro turístico, repartido por todo el subsuelo del pueblo. Existen por lo menos 1.000 de ellas, prácticamente una en cada casa, y se encuentran comunicadas entre sí formando un auténtico laberinto subterráneo. Precisamente este fue el motivo por el cual Fermoselle se ganó el nombre de la «Villa de las 1000 bodegas».
Estas bodegas fueron construidas hace siglos, algunas datan del siglo X y han servido a los pobladores del lugar a través de los tiempos como aljibes, vías de escape, refugios, despensa para mantener los productos frescos, entre otros usos. La construcción de estas cavidades no fue tarea sencilla, la piedra debía extraerse a golpe de cincel y maza, y en muchos casos se reutilizaba para levantar las casas que aún hoy se alzan en la superficie. Gracias a la inercia térmica del granito, las bodegas mantienen una temperatura constante de unos 12 a 14 grados, lo que resultaba perfecto para almacenar el vino sin que se estropeara.


Derecha: Bodega Romanorum, sus vinos reflejan los de la Hispania del siglo II a.C, ya que su nombre hace referencia a Viriato, el líder lusitano que hizo frente a la expansión de Roma en Hispania, a quien los romanos lo nombraron el Terror Romanorum.
Según cuenta el historiador José A. Martinez Pedreira, en la publicación pueblosdesayago.com, las «características como baja temperatura, cruda humedad, aislamiento granítico y nula luz solar, entre otras, convierten a las excavaciones en perfectas fresqueras, así como idóneos aljibes para reservas de agua. Esto nos lleva a pensar en los pioneros excavadores de bodegas como vecinos del pueblo, sabedores de las posibilidades que nos daba la tierra, que se lanzaron por pura necesidad, pico y pala, cincel y mazo, a excavar pequeñas estancias subterráneas para crear depósitos de agua en la propia roca -dada la escasez de capa freática- a la vez que frigoríficos ecológicos» , y agrega «El carácter de bodega de vino le fue dado a las excavaciones a posteriori, posiblemente a partir del siglo XVI… Las características mencionadas convierten a este subsuelo en un edén vinícola, al servicio, siempre heroico, de los artesanos del oro líquido».


Derecha: Bodega del Pulijón, son cuatro bodegas unidas, que conforman un museo que se recomienda visitarla en las fiestas del pueblo, cuando se puede probar su limonada y comer los típicos chochos (altramuces), todo ello amenizado por los grupos de folklore de Fermoselle.
Además de su función práctica, estas bodegas también se convirtieron en espacios sociales. Familias y amigos se reunían en ellas para celebrar vendimias, fiestas y encuentros comunitarios. Todavía hoy muchas conservan bancos y mesas de piedra que recuerdan su papel como lugar de convivencia.
Conscientes de esta riqueza única, la Agrupación Europea de Cooperación Territorial (AECT) Duero-Douro, por pedido del municipio de Fermoselle, ha dado los primeros pasos para alcanzar la declaración de Fermoselle como Patrimonio Material de la Humanidad por la Unesco. Su candidatura se lanzó en la Feria Internacional de Turismo (Fitur) 2023. Y quien quiera votar a favor de esta iniciativa puede hacerlo en su página web.
Para el director general de la AECT Duero-Douro, José Luis Pascual, “La obtención de este reconocimiento supondría otro aliciente para el turismo de la zona, convirtiendo a Fermoselle y su entorno un lugar de obligado cumplimiento durante la visita a la provincia de Zamora”. Y agregó: “No hemos de olvidar que todo este patrimonio se encuentra ligado históricamente de forma directa al mundo del vino, situándose probablemente Fermoselle como uno de los primeros lugares productores de vino de la Península Ibérica. Todo ello añade una riqueza inmaterial a este patrimonio material de incalculable valor”.


Derecha: Bodega Pastrana, fechada en 1760, con una techumbre llena de arcos de medio punto y una zona anterior excavada en gneis. Actualmente, la bodega se ha acondicionado para la producción de vino, manteniendo la forma original del siglo XVIII.
Ya desde 2019, el municipio de Fermoselle lleva adelante una estrategia de promoción turística para convertirse en la «Villa del vino», poniendo en valor esa red subterránea de riqueza patrimonial y el hecho de que esta localidad, de 1.200 habitantes, tiene además, 13 de las 17 bodegas pertenecientes a la Denominación de Origen Arribes.
Fermoselle a través del tiempo
No toda la belleza de Fermoselle queda bajo tierra. Además, la villa se completa con paisajes, monumentos y calles medievales donde todavía se encuentran muestras de todas las culturas que la han habitado, desde los romanos, el islam, los nobles comuneros y los judíos conversos de la frontera.
El paisaje de Fermoselle no se entiende sin sus caminos. Desde época romana, el territorio ha estado articulado por una red viaria que conectaba el medio rural, facilitaba el comercio y ordenaba la vida agrícola y ganadera. Muchos de estos trazados tienen su origen en la antigua red romana, ligada a la Vía de la Plata, la gran calzada que unía Mérida con Astorga y que vertebró durante siglos la provincia de Zamora y la comarca de Sayago.


Desde la capital zamorana partía la calzada que conducía hasta Fermoselle —la antigua Ocila—, saliendo del barrio de San Frontis y bifurcándose en Tardobispo. Un ramal se dirigía hacia Bletisa y Ledesma; el otro avanzaba hacia Fermoselle pasando por Bermillo, Pasariegos, Villar del Buey y Cibanal. Estas vías no solo marcaron los desplazamientos humanos, sino que también dieron forma a la red de cañadas, favoreciendo la movilidad ganadera tan característica del ámbito mediterráneo. En el término municipal aún se reconocen rutas históricas como la carretera de Zamora, el Camino de Murcena y la carretera de Salamanca, hoy catalogadas como vías pecuarias.
La estructura del propio casco urbano refleja esa historia estratégica. En el extremo que se asoma al Duero se situaron las defensas: primero el castro y, más tarde, el castillo, levantado sobre los farallones rocosos que dominan el paisaje. En contraste, la parte más llana acogió los espacios centrales de la vida social y religiosa, como la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción y la Plaza Mayor, de planta cuadrada. A las afueras del núcleo original se construyó la iglesia de Nuestra Señora de la Bandera, también románica, junto a la que más tarde se levantó el convento de San Francisco, hoy reconvertido en Centro de Interpretación de los Arribes del Duero.
El castillo, inicialmente propiedad de la diócesis de Zamora y posteriormente vinculado a doña Urraca, desempeñó un papel destacado como plaza fuerte durante la guerra de las Comunidades. Sin embargo, el paso del tiempo y las construcciones posteriores han reducido sus restos a pequeños lienzos de muralla y a los vestigios de una antigua puerta, conocida como la del Villar o el Arco.


La identidad agraria de Fermoselle se ha apoyado históricamente en el cultivo del viñedo y el olivar, hoy reforzados por la Denominación de Origen Arribes del Duero. No obstante, en el siglo XVIII el paisaje agrícola era más diverso. El Catastro de Ensenada recoge extensas tierras dedicadas a cereales como trigo, cebada y centeno, muchas de ellas de propiedad concejil y trabajadas bajo el sistema de “tres hojas”, combinando agricultura y ganadería. A ello se sumaban viñedos, pastos y matorral, mientras que frutales, olivos, guindales y negrillos se repartían en los márgenes de los prados, conformando un mosaico agrícola equilibrado.
En este entramado de caminos y paisajes tuvo un papel fundamental la barca de Murcena, uno de los principales pasos sobre el Duero en los Arribes. Activa desde la Edad Media hasta mediados del siglo XX, fue durante siglos la única forma de cruzar el río antes de la construcción del puente entre Fermoselle y Bemposta. Por ella circulaban personas y mercancías esenciales, como la sal o el pescado, en un constante intercambio entre ambos lados de La Raya. Al tratarse de un paso fronterizo estratégico, el enclave contaba con instalaciones de control, incluida una caseta de carabineros que vigilaba el tráfico comercial. No en vano, a finales del siglo XIX era la única barca de paso existente en toda la provincia de Zamora.
Fuentes: «Guía del Paisaje Cultural de Fermoselle, Representaciones del territorio, el núcleo urbano y la casa» de Esther Isabel Prada Llorente; bodegasfermoselle.com; fermoselle.es; Agencia EFE-Tour; minube.com; diario La Razón de Castilla y León; Diario La Opinión; pueblodesayago.com y alojamientolarueca.com








