En los Valles Calchaquíes, en la localidad de Amaicha del Valle, una comunidad originaria diaguita impulsa la valorización de la Criolla Chica a partir de viñedos históricos y prácticas sustentables. La Bodega Comunitaria Los Amaichas articula territorio, identidad cultural y vinificación de altura para consolidar la expresión enológica de esta variedad ancestral.
A 2.300 msnm, en Amaicha del Valle, a 164 kilómetros de San Miguel de Tucumán, en el corazón de los Valles Calchaquíes, se levanta una bodega de piedra que sintetiza historia, territorio y vitivinicultura de altura. Inaugurada en 2016, la Bodega Comunitaria Los Amaichas es el resultado de un proceso colectivo impulsado por una asociación cooperativa que hoy reúne a unas 60 familias de la comunidad originaria, dentro de una población total cercana a las 5.000 personas. El pueblo Amaicha reconoce su origen en la cultura incaica, conserva una lengua de raíz quechua y mantiene un estrecho vínculo histórico y cultural con el pueblo diaguita de los Quilmes.
Desde este enclave ancestral, la comunidad elabora alrededor de 15.000 litros anuales de Sumak Kawsay —“Buen Vivir” en lengua quechua—, un vino de alta gama elaborado principalmente a partir de uvas Malbec y Criolla. Su valor comercial no se define por criterios exclusivamente de mercado: cada año, el precio es consensuado con la participación del Cacique y el Consejo de Ancianos, máximas autoridades tradicionales de la comunidad, reforzando una lógica productiva que integra identidad, gobernanza y economía local.


El nombre del vino remite a una concepción filosófica andina que propone un desarrollo sustentable en equilibrio con la Pachamama, no solo en términos materiales, sino también espirituales. Esta cosmovisión se traduce en prácticas vitícolas que prescinden del uso de agroquímicos y fertilizantes sintéticos, y en una elaboración que busca respetar los tiempos naturales y el carácter del entorno. Cada botella encierra, además, un recorrido profundo por la cultura originaria que le da sustento.
El territorio comunitario de los Amaichas se extiende sobre unas 52.000 hectáreas, cuyos derechos están respaldados por una Cédula Real Española otorgada en 1716 y posteriormente protocolizada por el Estado argentino en 1892. Este marco histórico-jurídico sostiene una forma de organización colectiva que también se expresa en su proyecto vitivinícola.
La bodega fue inaugurada el 1 de agosto de 2016, en coincidencia con la celebración de la Pachamama, una fecha cargada de significado para sus habitantes, que conciben al vino como un ser vivo, nacido de la generosidad de la Madre Tierra. Su construcción y puesta en marcha demandaron casi cinco años de trabajo comunitario, desde el inicio del proyecto en 2011, consolidando un proceso basado en el esfuerzo mancomunado y la toma de decisiones colectiva.


Desde el punto de vista técnico, la Bodega Comunitaria Los Amaichas cuenta con infraestructura, viñedos y logística suficientes para alcanzar una producción potencial de 50.000 litros anuales, aunque el volumen actual se sitúa entre los 10.000 y 15.000 litros por año, con una composición varietal aproximada del 80% Malbec y 20% Criolla.
Condiciones únicas para la expresión de la Criolla Chica
Amaicha del Valle presenta condiciones agroclimáticas particularmente favorables para la vitivinicultura de altura. Su microclima se caracteriza por una elevada insolación —con casi 360 días de sol al año—, una marcada amplitud térmica, con días cálidos que favorecen la maduración y noches frescas que preservan la acidez, y una baja humedad ambiental. Este conjunto de factores contribuye a una óptima sanidad del viñedo y a una notable concentración de color y aromas, atributos que se expresan con especial nitidez en variedades como la Criolla Chica.


La calidad de los vinos también se sustenta en el manejo de viñedos antiguos, con edades estimadas entre 80 y 100 años, localizados principalmente en la zona de Los Zazos. Allí, las plantas crecen en suelos franco-arenosos, pobres y pedregosos, que limitan el vigor y favorecen el equilibrio entre acidez y azúcares. El resultado son uvas que permiten obtener vinos más balanceados y expresivos. Así lo señala Germán Flores, integrante de la tercera generación de una familia dedicada a la vitivinicultura, continuando una tradición iniciada por su abuelo y su padre en la elaboración de mistelas y vinos pateros.
Flores subraya, además, el rol determinante del clima local durante el período de maduración, con amplitudes térmicas cercanas a los 20 °C y una alta radiación solar que promueven mayor intensidad aromática, mayor carga polifenólica y cáscaras más gruesas. A esto se suma la escasa humedad ambiental, que reduce significativamente la presión de enfermedades fúngicas y asegura una sanidad de la fruta cercana a lo óptimo.
Agustín Lanús y la «caza» de uvas patrimoniales

El ingeniero agrónomo y enólogo salteño Agustín Lanús fue convocado por la comunidad en 2014 para acompañar un proceso de recuperación vitivinícola sin antecedentes en el país. El objetivo del proyecto era integrar a todas las familias comuneras en un emprendimiento propio, capaz de poner en valor viñedos históricos que fueron relegados.
Durante el relevamiento del terroir, Lanús se encontró con antiguas plantas de Criolla Chica, muchas de ellas abandonadas o destinadas tradicionalmente a la elaboración de mistelas o vinos dulces en cortes con Torrontés. La recuperación de ese material vegetal se convirtió en un eje central del proyecto. El propio enólogo reconoce que nunca había probado un tinto seco elaborado a partir de esta variedad e, impulsado por la curiosidad, realizó un primer ensayo en un tacho de 600 litros. El resultado fue revelador, al punto de afirmar “me voló la cabeza”, en una entrevista al diario La Gaceta.
Se trataba de un vino de bajo color y alcohol moderado, pero con una complejidad inesperada, marcada por notas herbales, especiadas y un carácter rústico que lo remitió a experiencias previas con variedades autóctonas de Europa del Este y del Mediterráneo, particularmente de Croacia, Turquía y Grecia. La experiencia fue tan significativa que, al año siguiente, la comunidad avanzó con una vinificación de 5.000 litros, dando origen al vino ícono de Amaicha del Valle: Sumak Kawsay.
Lanús destaca que los avances en el conocimiento del genoma de la vid, desarrollados en los últimos 15 años, permitieron confirmar que la Criolla Chica es genéticamente idéntica a la Listán Prieto, presente en distintos puntos del continente americano. En México y California se la conoce como Uva Misión, en alusión a su difusión por parte de los misioneros; en Chile, como Uva País; y en Perú, como Negra Común. Se trata de una variedad con más de 400 años de adaptación a estas tierras, lo que le confiere un profundo valor histórico, cultural y vitivinícola, hoy resignificado desde el trabajo comunitario y el rescate de la identidad originaria.
Fuentes: La Gaceta (por Edu Ruiz), Comuna Amaicha del Valle, Vinos y Pasiones y Página 12










