Michel Rolland, el enólogo itinerante que cambió el paradigma del laboratorio al viñedo

El enólogo francés Michel Rolland falleció a los 78 años en Burdeos. Pionero en la enología itinerante y referente a nivel global de la vitivinicultura, fue uno de los profesionales más influyentes de las últimas décadas. Protagonista de un cambio de paradigma, redefinió la manera de entender el viñedo entendiendo que la calidad del vino no dependía sólo de parámetros analíticos.

Michel Rolland, se formó en la Escuela de Viticultura y Enología de La Tour Blanche y luego en la Facultad de Enología de la Universidad de Burdeos, donde conoció a Dany, su compañera de vida y de trabajo. Ambos se graduaron en 1970 y 3 años después se asociaron con el matrimonio Chevrier en el laboratorio enológico de Libourne, del que más tarde adquirirían la totalidad.

Sin embargo, pronto decidió dar un giro a su carrera dejando el trabajo de laboratorio para convertirse en un enólogo de campo. Su objetivo era claro: comprender el viñedo en profundidad, interpretar el suelo, el clima y, sobre todo, las decisiones humanas detrás de cada vino.

El contexto acompañó su visión. Durante los años 80, en pleno cambio de paradigma en el mundo del vino, comenzó a instalarse la idea de que la calidad no dependía únicamente de parámetros analíticos, sino que se construía, ante todo, en el viñedo. Rolland fue parte activa de ese proceso.

En 1979, tras la muerte de su padre, asumió junto a su esposa la gestión de las propiedades familiares: Château Le Bon Pasteur, Château Rolland-Maillet en Saint-Émilion y Château Bertineau Saint-Vincent en Lalande de Pomerol.

Convencido de que la calidad comenzaba con la uva, defendió tempranamente la necesidad de cosechar en el punto óptimo de madurez, algo que hoy resulta evidente pero que, décadas atrás, no lo era. En un contexto donde predominaban prácticas poco cuidadosas, impulsó cambios profundos tanto en el viñedo como en la bodega.

Introdujo técnicas que luego se volverían habituales, como el aclareo de racimos y de hojas, promovió una selección más rigurosa de la fruta y una vendimia ajustada a cada parcela. También puso el foco en el respeto por la materia prima y en la mejora de las condiciones de vinificación, entendiendo que cada detalle influía en el resultado final.

Su enfoque dio resultados. A medida que crecía la demanda por vinos de mayor calidad, su trabajo como consultor se expandió rápidamente más allá de Francia. Construyó una carrera internacional asesorando bodegas en Europa, Estados Unidos, Sudamérica, Sudáfrica e incluso India.

Esa dinámica le valió el apodo de “flying winemaker”, una figura que él mismo ayudó a consolidar: un enólogo capaz de trabajar en múltiples regiones, interpretando distintos terruños y adaptándose a climas, variedades y culturas diversas. Paralelamente, junto a Dany amplió el patrimonio familiar con la adquisición de Château Fontenil, en Fronsac, en 1986, y desarrolló proyectos propios en distintas partes del mundo.

Llegó a Argentina en 1988, convocado por Arnaldo Etchart en Cafayate, se enamoró del lugar. Allí, en Yacochuya, a más de 1.800 msnm, hizo su primer gran Malbec con un carácter especial, muy marcado. Su historia en nuestro país siguió en Mendoza, donde eligió el Valle de Uco para liderar Clos de los Siete, un proyecto vitivinícola que reúne a cuatro bodegas francesas en 850 hectáreas, produciendo vinos de alta gama con enfoque en Malbec, reconocidos mundialmente por fusionar la tradición francesa con el terruño mendocino.

Poco tiempo después, cautivados por el territorio y el terruño de Stellenbosch -Sudáfrica- Michel y Dany sumaron a Sudáfrica entre sus locaciones donde crearon un vino al estilo de Burdeos. Así nació una cuvée elaborada en Remhoogte Estate, una propiedad histórica fundada en 1812. El viñedo, ubicado en las laderas de Simonsberg, cuenta con una exposición ideal, suelos en pendiente y la influencia de brisas marítimas que favorecen especialmente la producción de vinos tintos.

Muchos de estos emprendimientos funcionaron también como espacios de investigación y experimentación. Allí exploró técnicas innovadoras, estudió el comportamiento de distintas variedades según el clima y promovió el uso de cepas autóctonas para preservar la identidad de cada región.

Su obsesión fue siempre la misma, entender el terruño. Ese conocimiento, combinado con una vinificación precisa y rigurosa, le permitió crear vinos que expresaban con claridad el origen y el carácter de cada finca. No por casualidad fue considerado uno de los grandes maestros del assemblage.

A lo largo de su carrera llegó a asesorar más de 150 propiedades en 14 países, además de cientos de bodegas que recurrían a los servicios de su laboratorio en Pomerol. Su influencia atravesó generaciones y estilos, dejando una huella profunda en la vitivinicultura contemporánea.

Junto a su familia

Su familia también formó parte activa de ese camino. Sus hijas, Stéphanie y Marie, se integraron a la estructura, aportando en la gestión, la comunicación y la proyección internacional del trabajo iniciado por sus padres. Hoy, sus nietos también siguen con interés la cosecha, el trabajo en el viñedo y en la bodega, sumergiéndose en la cultura familiar al escuchar las historias de sus antepasados, viticultores durante varias generaciones.

Con su muerte, a los 78 años, el mundo del vino pierde a una de sus figuras más influyentes. Queda, sin embargo, su legado: una manera de pensar el vino desde el viñedo, desde la observación y desde el respeto por el origen.

Fuente: Bodega Rolland