Enólogo de Bodega Nieto Senetiner (Grupo Molinos Río de la Plata), referente clave en la investigación y puesta en valor de la Bonarda y del Este mendocino, Roberto González repasa su extensa trayectoria profesional, desde la histórica Bodega Arizu hasta la actualidad. En la siguiente entrevista, el reconocido profesional analiza los desafíos estructurales del sector y reflexiona sobre el futuro del vino en un contexto de cambios profundos en el consumo.
Roberto González nació en Mendoza y su vínculo con el vino comenzó de la mano de su abuelo y del paisaje vitivinícola que lo rodeó desde la infancia. Convencido de que el vino no se entiende solo desde la técnica, sino también desde la cultura, la economía y el territorio, su recorrido profesional combina formación académica, gestión y pensamiento estratégico

Se formó en la Obra de Don Bosco de Rodeo del Medio desde el secundario hasta su graduación como Licenciado en Enología e Industria Frutihortícola. Heredó el amor por la docencia del Padre Francisco Oreglia y se recibió con el mejor promedio de las universidades privadas de Cuyo. Inició su carrera profesional en la histórica Bodega Arizu y desde 1991 se desempeña en Bodega Nieto Senetiner, consolidando una trayectoria sostenida y coherente a lo largo de más de tres décadas.
Docente universitario, conferencista y autor, González ha publicado artículos en medios especializados de Argentina y del exterior. Su nombre está especialmente ligado a la Bonarda, varietal que investigó, defendió y puso en valor logrando reconocimiento internacional y contribuyendo a su identificación como patrimonio del Este mendocino y de la vitivinicultura argentina. Coronó esta pasión con su libro «Bonarda: la historia de un gran vino», que fue declarado de interés legislativo en la provincia de Mendoza.
A pesar de su gran recorrido, el enólogo sigue interrogándose, con espíritu crítico y vocación docente, sobre el presente y el futuro de la industria vitivinícola.
“El primer trabajo es el que más te marca”
Punto Vid -¿Cómo resumirías tu trayectoria profesional?
Roberto González -Mi trayectoria comienza en Viñedos y Bodegas Arizu (hoy Espacio Arizu). Fui el último enólogo y responsable enológico interino antes de su cierre definitivo. Estuve allí entre 1988 y 1991, una etapa que fue decisiva para mi formación profesional.
Arizu era una bodega extraordinaria, con una enorme diversidad de productos: desde vinos de alta gama y varietales hasta espumantes. Tenía una riqueza histórica inmensa, fincas excepcionales y procesos muy sólidos. Todo ese bagaje —histórico, técnico y humano— fue un aprendizaje enorme.
En 1991 me incorporé a Nieto Senetiner, donde desarrollé el resto de mi carrera profesional hasta la actualidad. Gran parte de lo aprendido en Arizu, junto con la formación universitaria, pude volcarlo en esta nueva etapa. Con el paso del tiempo, por supuesto, llegaron las actualizaciones, pero el primer trabajo es el que más te marca: te define profesionalmente. En Arizu compartí trabajo con grandes enólogos de la época, y eso te forma no solo desde lo técnico, sino también desde la gestión y la calidad humana.
Don Bosco y el legado del Padre Oreglia
-¿Cómo fue tu formación académica?
-Descubrí mi vocación muy temprano, a los 13 años. Ingresé a la Escuela Vitivinícola Don Bosco, donde hice el secundario —en ese momento eran siete años— y luego continué la carrera universitaria en la Facultad de Enología de Don Bosco. Una vez recibido, comencé mi etapa laboral.
-¿Fuiste alumno del Padre Francisco Oreglia?
-Sí, tuve ese enorme honor. Nuestra promoción fue la última a la que le dio clases el Padre Oreglia, una figura fundamental de la enología argentina. Para mí es un orgullo enorme haber recibido su enseñanza.
En homenaje a su formación fui docente en Don Bosco y más tarde en la Universidad Maza, donde participamos en la creación del primer MBA en Gerenciamiento Estratégico Vitivinícola, alrededor de 2012–2013, junto al Consejo Profesional de Enólogos -en ese momento se llamaba Centro del Licenciado- , y una fundación que aportaba una nueva visión al mundo vitivinícola de ese momento.
Yo venía de realizar una maestría en la Escuela Internacional de Negocios de América Latina dictada en conjunto por la Universidad de Texas (EE.UU.), y veía claramente que al enólogo, tradicionalmente muy técnico, le faltaba una visión más integral de gestión y estrategia.
Por otro lado siempre me gustó el mundo de la investigación, seguir aprendiendo, y me invitaron a participar de la creación de la Academia Argentina de la Vid y el Vino (AAVV), donde fui presidente, y aún soy miembro.


Bonarda: del viñedo al ADN
-Sos uno de los grandes referentes de la Bonarda. ¿Cómo nació ese vínculo?
-Conocí la Bonarda en Arizu, donde se molían muchas variedades. En ese momento llegó una persona que por recomendación médica buscaba esta cepa por sus propiedades. Esto fue a finales de los 80, cuando casi nadie hablaba de Bonarda ni siquiera de Malbec; se hablaba más de Cabernet Sauvignon o Chardonnay. Y esa variedad quedó “flotando” en mi inconsciente.
Hacia 1997, ya en Nieto Senetiner, comenzamos a elaborar un vino a base de Bonarda que se exportaba a Inglaterra como marca blanca y tuvo muy buena aceptación. Eso nos hizo prestar atención y vinieron delegaciones desde Italia para asesorarnos. Luego llegaron concursos internacionales y reconocimientos, y en 1999 adquirimos una finca en Agrelo que tenía parrales antiguos de Bonarda, plantados por inmigrantes italianos, y los empezamos a preparar para el vino Cadus que estabamos a punto de lanzar.
Esa etiqueta ganó un Vinandino, tuvo reconocimiento en el exterior en distintos concursos, y entonces se creó una línea de continuidad, con un proyecto de largo plazo.
A partir de ahí comenzó una investigación más profunda. En 2009, estudios de ADN realizados por la Facultad de Ciencias Agrarias confirmaron que la Bonarda argentina no era la Bonarda italiana, sino Corbeau (Douce Noire). Eso me llevó a investigar su historia en Europa, en Savoya (Francia), y también en Napa Valley (EE.UU.). Todo ese trabajo terminó condensado en el libro «Bonarda, la historia de un gran vino» que se publicó en 2022.


El Este mendocino y una identidad pendiente
-Lograste asociar la Bonarda con el Este mendocino. ¿Cómo se dio ese proceso?
-Fue casi natural, los dos caminos se juntaron en algún momento, la expertise desde Nieto Senetiner estuvo radicada en conocer nuestros viñedos de Agrelo. Cuando empezamos a investigar y llegó la tendencia de la identificación varietal de los vinos, describiéndolos a través de la química, con los antocianos, con el ácido shikímico, se clarificó el panorama.
Cuando analizamos la distribución varietal, vimos que la mayor superficie implantada de Bonarda estaba en el Este mendocino. Esa región, históricamente relegada en términos de imagen y valor, tenía una oportunidad clara de construir una identidad propia.
La Bonarda permitió visibilizar al Este como territorio, no solo como zona de volumen. Fue un puntapié inicial muy importante. La pelota ha salido a rodar, lo que falta ahora es potenciar. Hoy todavía queda mucho por hacer: identificar terruños, zonas destacadas, estilos, y construir una pirámide cualitativa, como lo hizo el Malbec en otras regiones.
Hay que innovar desde el viñedo: uva fresca, jugos, mostos, otros usos industriales. Pensar en la innovación solo en el vino es limitarse«.
“La crisis vitivinícola es económica y cultural”
-¿Cómo analizás el presente del sector?
-La vitivinicultura atraviesa una doble crisis: económica y cultural. Esto ya lo vivimos en los años 80, cuando el consumo per cápita cayó de casi 90 litros a 60. Hoy estamos viendo algo similar: un cambio cultural profundo en el consumo de alcohol a nivel global, especialmente entre los jóvenes, y una crisis de rentabilidad, que es mucho más profunda en Argentina que en otros países.
El problema es que en regiones como el Este mendocino, esa situación se potencia. Hay falta de rentabilidad, envejecimiento de productores, fragmentación de la tierra por herencias y poca escala económica. Hoy, unidades de 5, 10 o incluso 20 hectáreas no son sustentables si no hay cooperación o asociativismo.
-¿Qué segmento perdió más?
Los vinos de baja y media gama es el segmento más complicado y gran parte de la superficie plantada del Este está destinada justamente a esos tipos de vino. Era un segmento donde muchas bodegas han sido muy exitosas. Pero. como te mencioné antes, hay un cambio cultural en el consumidor y se está apuntando a la premiumización, el cuidado de la salud, etc.
-¿Cuál es la competencia más fuerte del vino?
-El cannabis está ganado «adeptos» ante la caida del consumo de alcohol, que cada vez tiene más restricciones, ya sea por legislación o por salud. Si hubo algo que contuvo el consumo de la droga durante mucho tiempo en Occidente, ha sido el alcohol. Por ejemplo, en China el consumo de alcohol era bajo y eso dio paso al avance del opio.
«La industria va a tener que reconvertirse, no desde la nostalgia, sino entendiendo que el mundo cambió».
Innovar más allá del vino
-¿Dónde ves una posible innovación?
-Creo que la innovación no debe pensarse solo en el vino, porque eso nos hace llegar tarde. Hay que innovar desde el viñedo: uva fresca, jugos, mostos, otros usos industriales. Pensar solo en vino es limitarse.
También hay que explorar nuevos productos: cócteles, vermut, bebidas de menor graduación alcohólica, vinos y espumantes desalcoholizados. El consumo de alcohol está siendo penalizado culturalmente en todo el mundo, y eso hay que entenderlo.

-¿Cómo viene el mercado de desalcoholizados?
-Yo creo que en los espumantes ha habido un mayor avance, y le siguen los blancos y los rosados. Los tintos son más dificiles, hay que trabajar mucho en el afinamiento después del desalcoholizado. El alcohol es un componente muy importante y su retiro genera una carencia importante que hay que saber suplir.
Nieto Senetiner: mercado, tecnología y nuevos productos
-¿Cómo está posicionada hoy Bodega Nieto Senetiner?
-Somos una bodega con fuerte presencia en el mercado interno, alrededor de un 80%, y un 20% de exportaciones. El mercado interno sigue siendo clave para nosotros.
En términos de innovación, hemos invertido en tecnología de embotellado, filtración para reducir subproductos, y recientemente incorporamos una planta de desalcoholización, pensada principalmente para proyectos orientados al mercado internacional.


También estamos desarrollando espumantes sin alcohol y cócteles de baja graduación, apuntados a consumidores jóvenes. Son proyectos nuevos, en fase de introducción, pero con muy buena respuesta inicial. Del espumante, por ejemplo, al mercado salió una pequeña partida y tuvimos que hacer una nueva que también se vendió completa y ahora estamos elaborando la tercera.
DOC Luján de Cuyo: una construcción colectiva
-Desde cuándo Nieto Senetiner es miembro de la DOC Luján de Cuyo.
—Fuimos pioneros, la primera bodega de América en salir al mercado con un vino DOC con la cosecha 1991, con Santa Isabel . Continuar ese legado es un orgullo enorme, el de Walter Bressia que era enólogo de Nieto Senetiner, Adriano Senetiner, Alberto Arizu y las 10 primeras bodegas que se adhirieron. Y más hoy, después de casi 30 años, verlo coronado y con más bodegas participando.

-¿Qué cambios hubieron en la gestión de la DOC en los últimos años?
-La DOC es una suma de voluntades, se escucha, se propone y después en el Consejo se definen las acciones. Y ha sabido evolucionar: hoy es más flexible, incorpora la visión de distritos y permite convivir distintos modelos de negocio dentro de un marco común. Los vinos DOC Distritales abrieron la posiblidad a que más bodegas puedan participar, con distinto rendimiento, distinto tiempo de guarda. Esa apertura fue clave para su crecimiento y consolidación.
Hoy la DOC tiene 21 miembros activos, se sumaron 40 nuevas hectáreas certificadas, llegando a un total a 740 hectáreas. Los vinos DOC Regionales crecieron un 34% interanual, y los Distritales un 500%.
Mirar el futuro sin nostalgia
-Para cerrar ¿Cómo ves el futuro de la industria?
—Creo que vienen dos o tres años difíciles para la vitivinicultura argentina. Hay sobrestocks, cambios estructurales y un consumo que sigue cayendo. El consumo per cápita probablemente se estabilice en torno a 15 o 20 litros.
La industria va a tener que reconvertirse, diversificarse e innovar profundamente. No desde la nostalgia, sino entendiendo que el mundo cambió. El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad de repensar la vitivinicultura desde una mirada más amplia, sostenible y adaptada a los nuevos tiempos.










