Uruguay impulsa una reconversión vitivinícola con fondos no reembolsables del Inavi y créditos adaptados al ciclo productivo

El sector vitivinícola uruguayo avanza en una transformación estructural impulsada por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (Inavi) de Uruguay que apunta a reducir volumen y ganar valor. En este sentido la entidad lanzó un plan de reconversión de viñedos con apoyo a productores de menos de diez hectáreas, que contó con la participación de 300 productores, a partir del cual destinó fondos propios no reembolsables a los que se suman líneas de crédito adaptadas a los tiempos productivos del sector con el Banco de la República Oriental del Uruguay.

Diego Spinoglio, presidente del Inavi (Uruguay), explicó en una entrevista con la publicación La Diaria las bases de la reconversión integral que, a su entender, debe encarar el sector para consolidarse como una actividad económica próspera, con especial atención en los productores de menor escala. Señaló que los cambios en las tendencias han provocado una disminución en el consumo de vino, por lo que el instituto propone incorporar tecnología, apostar a vinos de mayor gama, diversificar la producción, explorar nuevas formas de comercialización y trabajar con análisis de datos como pilares de esa reconversión.

Según Spinoglio, actualmente “las vendimias son bastante más largas que antes”. Esto se debe a la diversificación en los viñedos nacionales, marcada por una creciente producción de variedades blancas para vinos finos, que son más tempranas y de ciclo más corto, lo que termina extendiendo el período de cosecha.

La reconversión varietal, aclaró, no es casual. Desde el inicio de su gestión plantearon la necesidad de una transformación profunda e integral del sector frente a los desafíos del mundo vitivinícola. Entre ellos, la caída del consumo interno, asociada a una tendencia clara: se consume menos volumen, pero de mejor calidad. “El consumidor sigue invirtiendo lo mismo en vino, pero lo hace de otra manera. Está dispuesto a pagar más por productos de mayor gama”, explicó. Por eso, sostuvo que la reconversión debe abarcar lo comercial, lo industrial y lo productivo.

En ese marco, al inicio de su gestión lanzaron un plan de reconversión de viñedos con apoyos especialmente dirigidos a productores de menos de diez hectáreas. El plan tiene dos objetivos centrales. Por un lado, mejorar la rentabilidad del sector, especialmente de los pequeños productores. Por otro, optimizar el perfil varietal, eliminando variedades muy productivas destinadas históricamente a vinos de mesa —en particular rosados como moscatel y milán— y reemplazándolas por otras que permitan un modelo de negocio más orientado a la exportación de vinos finos.

El llamado tuvo una respuesta importante, con casi 300 productores participantes. Como consecuencia, ya se observa una reducción en la superficie dedicada a variedades menos alineadas con las nuevas tendencias, aunque el mayor impacto se verá en 2026 y, sobre todo, en la vendimia 2027.

Spinoglio respaldó la necesidad de reconversión con datos concretos: en 30 años, la venta de vino pasó de 80 a 50 millones de litros, una caída explicada principalmente por la disminución del consumo de vinos de mesa.

Para 2026, se estima una cosecha de unos 80 millones de kilos de uva, entre un 5% y un 6% menos que el año anterior. Considerando un rendimiento de 0,7 litros por kilo, la producción rondaría los 56 millones de litros de vino. Según el directivo, es un volumen positivo, ya que actualmente el mercado puede absorberlo: en 2025 se vendieron cerca de 60 millones de litros entre consumo interno y exportaciones.“El sector tiene que estar mirando todos los años dónde tiene que reconvertirse”, afirmó.

Al explicar por qué habla de una reconversión “integral”, sostuvo que no alcanza con cambiar variedades: es necesario transformar las metodologías de trabajo, incorporar tecnología y desarrollar nuevos canales de comercialización.

Esto implica, según dijo, un cambio de mentalidad. Comparó el modelo tradicional —basado en la venta en damajuanas, con circuitos cortos y consumo rápido— con el actual, donde el vino puede permanecer envasado durante más tiempo, circular por distintos mercados o exportarse, lo que exige mayor inversión en tecnología y control de calidad sin perder la identidad artesanal. También advirtió sobre la concentración de la comercialización del vino de mesa en pocas manos, lo que obliga a generar nuevas oportunidades comerciales.

El financiamiento de esta reconversión proviene de distintas fuentes. El Inavi ha destinado fondos propios no reembolsables, provenientes de tasas específicas. Spinoglio insistió en que el sector debe invertir sistemáticamente esos recursos en reconversión, incluyendo capacitación, análisis de datos y apoyo a los productores más vulnerables, y reconoció que en los últimos años el ritmo de transformación ha sido insuficiente. Recordó además que el Inavi tiene la responsabilidad de regular el sector y de proveer información y herramientas para facilitar estos procesos.

En paralelo, el instituto trabaja con el Banco de la República Oriental del Uruguay (BROU) para generar líneas de crédito adaptadas a los tiempos productivos del sector, considerando que una viña tarda entre tres y cuatro años en alcanzar su plena producción, lo que exige esquemas financieros acordes.

También se evalúa la creación de una ventanilla conjunta con el BROU para monitorear créditos y brindar asesoramiento técnico, iniciativa sobre la que se esperan novedades en los próximos meses.

En cuanto al mercado, Spinoglio destacó que el vino sigue siendo la bebida alcohólica más consumida en Uruguay y mantiene un fuerte arraigo cultural. Subrayó como dato positivo que en 2025 se detuvo la caída en el consumo de vinos de mesa, igualando las ventas de 2024, tras años de descenso —con la excepción del pico registrado durante la pandemia—.

Sin embargo, advirtió que esto no resuelve los problemas estructurales del sector. Para lograr rentabilidad, es necesario crecer. Una de las vías es la expansión internacional: posicionar al vino uruguayo como un producto identitario, valorizando su componente cultural y social. Actualmente, entre seis y siete millones de botellas llegan a consumidores en el mundo con la etiqueta “Uruguay”.

Otra vía es fortalecer el mercado interno mediante los vinos Vinos de Calidad Preferencial (VCP), de gama media-alta, elaborados con variedades de calidad reconocida, con requisitos específicos de graduación alcohólica, presentación y características sensoriales. Estos productos representan un escalón superior respecto a los vinos de mesa e incluyen variedades como tannat, cabernet sauvignon, merlot, albariño, chardonnay, entre otras.

Spinoglio insistió en que el sector debe dejar de pensar en volumen y empezar a enfocarse en valor: producir menos, pero con mayor rentabilidad. “Si seguimos guiándonos por la cantidad, no tenemos solución. Hay que sustituir litros por valor”, resumió.

En materia comercial, propuso generar nuevas alianzas entre productores e industriales, impulsar la internacionalización, desarrollar productos alternativos y fomentar el consumo de uva fresca. También señaló como una deuda pendiente el desarrollo del jugo de uva, ampliamente consumido en países como Brasil.

En esa línea, el Inavi prevé lanzar un llamado internacional para estudiar subproductos y nuevas oportunidades industriales, como mosto concentrado, bebidas a base de vino y vinos desalcoholizados, en línea con tendencias globales de consumo.

Otro eje relevante es el enoturismo, que ya involucra a unas 50 bodegas sobre un total de 150 y, en muchos casos, constituye la principal unidad de negocio. Para Spinoglio, este es un espacio clave de crecimiento, junto con la apuesta por la calidad y la búsqueda de nichos de mercado.

El presidente del Inavi se mostró optimista respecto al futuro del sector, destacando que existen ejemplos de empresas que han logrado salir adelante pese a las dificultades.

Finalmente, reconoció que la vitivinicultura puede ser un proyecto exitoso si se orienta hacia un nuevo modelo de negocio, aunque también admitió la existencia de problemas como la falta de recambio generacional. Consideró legítimo que algunos productores decidan abandonar la actividad, pero subrayó la importancia de acompañar a quienes quieran continuar, ya sea facilitando su reconversión o garantizando cierres dignos en los casos en que no haya continuidad familiar.

Fuente: La Diaria (Uruguay)